El último tren Astorga-Empalme

Pedro González Había una mujer más allá del puerto de La Covatilla; justo donde se acaban las montañas y se extiende la llanura extremeña. Vivía en un cuarto o quinto (eran tantas escaleras que a partir del segundo yo ya perdía la cuenta) y siempre estaba sentada en un sillón frente a la televisión.

Los años, con su imperdonable hacer, ya le habían ido pasando factura y su cabeza bailaba de un recuerdo a otro. A veces ciertos a veces medio inventados. Reconocía a quien quería cuando quería o podía. Los años, ya saben.

Qué sorpresa cuando me senté a su lado por primera vez y le dije “hola paisana”, a lo que contestó “¿Y de dónde es usted?” De Astorga, respondí, y entonces sus ojos glaucos, que apenas alcanzaban a ver no dejaron de mirarme.

Se arrancó a contar historias de niñez. Aquella paisana había nacido 91 años atrás en los pabellones de la Estación del Oeste, a la vera de esa vía de hierro que siguiendo el trazado marcado por los romanos unía Astúrica con Emérita.

Antigua línea Plasencia-Astorga

Fueron pocos años los que esta hija de ferroviarios estuvo en mi tierra, su tierra, y pronto le tocó irse a vivir a otros pabellones, esta vez en Extremadura. Aun así recordaba su infancia en Astorga como buenamente podía, y agradecía hablar con su paisano. Las mantecadas, la Catedral, y sobre todo en su cabeza guardaba el recuerdo de aquellos dos maragatos que flanqueando el reloj del ayuntamiento marcaban el discurrir del tiempo. Refiriéndose a Juan Zancuda y Colasa cantaba una coplilla que aseguraba se decía cuando los campaneros marcaban las horas: ¿Qué dirán, qué dirán? Que digan lo que quieran… Desde luego yo nunca la escuché, pero quién le iba a quitar la razón a mi paisana.

No pudo ‘enchufarme’ en la Renfe, como me prometió una mañana, mientras esperaba a que su marido (fallecido hacía años) volviese a casa. Y en su último cumpleaños a cada rato se ponía una edad diferente. Pero cantaba y sonreía.

Ayer mi paisana volvió a la estación. Esperó en el andén y cuando el guarda agujas movió los raíles y el jefe de estación silbó anunciando la llegada del vapor, esa astorgana de nacimiento cogió el último tren que la llevará quién sabe a qué lugares. Quizás de nuevo a la estación de su niñez a escuchar el repicar de los campaneros del consistorio y a cantar el ¿qué dirán? Buen viaje paisana, cuida la maleta pues bien cargada de historias la llevas.

María Teresa Moreno Redondo, D.E.P.