El paro ha bajado en toda la provincia de León en el año 2015. Ha sido la gran noticia económica de los últimos días. Ahora, el desempleo en León es del 20,3% de la población activa, es decir 41.300 personas permanecen desempleadas a comienzos de 2016. Es una cifra escandalosa y brutal, pero inferior a la de hace un año. Algo es algo, aunque claramente insuficiente.
La economía española crece actualmente muy por encima del 3%, lo que significa que se seguirá creando empleo en los próximos meses. Esta tendencia provoca un clima de confianza, un cierto optimismo y aumenta la creencia entre los ciudadanos de a pie de que la economía va a ir a mejor en este año. Los empresarios, que son, al fin y al cabo, los que crean empleo están preocupados por la inestabilidad política derivada de la falta de acuerdo entre los partidos para conformar un gobierno estable en Madrid. Hasta ahora esa falta de acuerdo no se ha traducido en una regresión de la inversión privada, auténtico motor de la economía, junto con el consumo privado.
Más que la falta de un gobierno estable, los inversores se quejan de la inestabilidad que puede generar el movimiento secesionista catalán. Las instituciones europeas ya han dado un aviso a los grandes partidos para que cierren un acuerdo en Madrid, que, a su vez, abra negociaciones para encarrilar el problema catalán. La repetición de las elecciones generales retrasará la solución definitiva, sobre todo a la hora de aplicar unos presupuestos del Estado que deberán ser remodelados con nuevos ajustes para reducir el déficit. En este sentido, hay que reconocer que Rajoy actuó el pasado año con criterio de Estado y de anticipación al aprobar los presupuestos.
En cualquier caso, el descenso del paro en 2015 no quiere decir, ni mucho menos, que se haya creado más empleo en León y en Castilla y León. Se ha creado empleo, sí, pero también se ha reducido la población activa. Y lo ha hecho por dos razones: primera por la jubilación de una parte importante de empleados y, segunda, por la marcha de los jóvenes a otras zonas de España y, sobre todo, al extranjero. Si a este factor le sumamos el creciente envejecimiento y despoblación de amplias zonas rurales de la provincia y de la Comunidad, obtenemos unas perspectivas económicas de futuro muy preocupantes.
Castilla y León es una comunidad que vive de la solidaridad entre las distintas regiones de España. La productividad de esta tierra no es capaz ya de generar los recursos suficientes para pagar las pensiones de todos sus jubilados. Gran parte de los servicios, como la sanidad y la asistencia social se pagan gracias a la redistribución de la riqueza interna de España. Este no es un proceso novedoso en Castilla y León sino que es una tendencia imparable de las últimas décadas.
Y para más inri, Castilla y León, ha sido una tierra de ahorradores, lo que ha provocado durante muchos años un exceso de pasivo que ha ido a parar, en gran parte, a financiar el desarrollo económico de Madrid, Cataluña, Levante y otras zonas de España. Tremenda paradoja. La demanda de crédito por parte de los emprendedores de Castilla y León nunca ha cubierto la oferta de pasivo. Es decir, León y el resto de la Comunidad han exportado capitales y han importado paro, despoblación, dispersión y envejecimiento.
Los gobiernos del PP que se han sucedido en los últimos treinta años en Castilla y León han fracasado en sus políticas para cambiar esta tendencia. Y todo hace indicar que este proceso es ya imparable. El descenso del paro, con ser una buena noticia, no es suficiente para dar un vuelco que convierta a León y a Castilla y León en una zona próspera.