Lavar y peinar

No se va a cortar la coleta porque “es marca de la casa”, ha dicho Pablo Iglesias Turrión ante cinco

millones de espectadores el domingo pasado en Salvados. Pero ha reconocido también que “el equipo

de campaña de las narices” le recomendó que se quitara el pendiente y que se vistiera mejor. Y él

aceptó. Es decir, cortar, no: pero sí lavar y peinar. En eso está Podemos.

Es bueno recordar cuál es el origen organizativo de Podemos. Juan Carlos Monedero era conocido

hace década y media en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Complutense. Se sabía

que viajaba con frecuencia a la América anti-imperialista y hacía consultoría con sus colegas y

alumnos más aventajados, aprovechando los frecuentes acuerdos de colaboración con países, instituciones

y gobiernos. El y sus alumnos y colegas –Iglesias entre ellos– eran la izquierda de la izquierda,

y por eso viajaban casi siempre a los mismos países, y frecuentaban los mismos colectivos políticos

nacionales alternativos. Pero en el departamento de al lado, que era también el mío, Carolina

Bescansa trabajaba para el PSOE haciendo encuestas e investigaciones cualitativas, de la mano de

mi admirado Julián Santamaría, uno de los sociólogos más solicitados por el PSOE. Está bien todo

eso de “la casta”, pero sería más honesto no confundir al personal: Podemos no es una reunión de

amas de casa, parados de larga duración y jóvenes idealistas. No es un movimiento espontáneo en

torno a una causa compartida, como pueden ser los desahuciados, el personal de la salud pública o

los taxistas. Podemos es un producto de laboratorio, diseñado por especialistas en framing, en

narratología (storytelling dirían en la escuela de negocios de al lado), en persuasión, en comunicación

política. No son cómicos como Beppe Grillo, o mandos intermedios del ejército como

Chávez, en misión salvífica repentina. Tampoco son viejos militantes esencialistas como Sarah Palin

o Esperanza Aguirre o Reagan o Tsipras.

Aunque todos esos líderes son muy distintos entre sí, comparten sin embargo un mismo credo que,

sí, con seguridad, en una clase de Juan Carlos, de Pablo o de Carolina, siguiendo el manual, llamarían

“populista”. Ese credo dice que el pueblo es virtuoso y la élite malvada. Y que para devolver

el poder a “la gente”, es necesario que el pueblo entre en los palacios, que tome el control, que subvierta

por completo el antiguo régimen hoy vigente. El populismo se adereza – sigo el manual – con

un lenguaje que pretende trascender la diferencia izquierda-derecha (aunque lo cierto es que todo el

mundo sabe que Sarah Palin es muy de derechas y Monedero muy de izquierdas). La sal y la pimienta

la pone una simbología popular (la ropa comprada en Alcampo y la coleta, o en el otro lado

la “sexagenaria” acosada por unos agentes de movilidad…). El héroe o la heroína, casi adorado como

un mesías, encarna en una única persona al pueblo mismo. Cuestionar al líder o su planteamiento

es cuestionar al pueblo mismo, y eso es intolerable. Es paradójico que el populismo no pueda

existir sin un líder único que esté dispuesto a asumir él solo la voz del pueblo.

El populismo, dice también el manual, crece con la angustia, con la crisis económica y con la corrupción.

Porque la corrupción vendría a demostrar que el pueblo es bueno y los que mandan malos.

Así, sin precisar mucho más. Estos días los viejos partidos dicen que si las alcantarillas huelen mal

no hay que taparlas, sino limpiarlas. Podemos dice que hay que dinamitarlas, porque cuando sean

tomadas por el pueblo y reconstruidas, el agua correrá cristalina por ellas. Es un argumento tan simple

que duele escribirlo, pero, como saben bien los profesores de mi facultad, en comunicación política

no trabajamos con la verdad, sino con lo verosímil. Y es muy verosímil todo lo que dice

Iglesias. Es virtud de Podemos y demérito del PP y del PSOE, por supuesto. Dos partidos estos últimos

que se han encargado con tenacidad y consistencia de decepcionar al personal con su compadreo,

su clientelismo, su aburguesamiento, su oportunismo y su modorra. Así lo ve la gente, en cualquier

caso.

Como son especialistas en contar relatos políticos (el lenguaje gramsciano y setentero del grupo diría

“presentar marcos discursivos”), los profesores de Podemos están ajustando su populismo originario

para ofrecer una imagen más aseada y peinada. Si se prefiere una metáfora industrial, ‘Demoliciones

Podemos’ ya funciona, pero ahora hay que plantear una oferta de construcción verosímil.

Para eso Podemos ha estudiado y ha descubierto cosas que los demás también sabemos. Por

ejemplo:

Primero, que desde pequeñitos quedamos prendados del mito de David contra Goliat, el débil

frente a los poderosos, el “pueblo” desarmado frente al poder arrogante y agresivo. Podemos frente a

la casta. Lo de izquierda y derecha es un desarrollo metafórico que trata de explicar eso, precisamente:

el pueblo llano, el Tercer Estado, se sentaba a la izquierda en la Asamblea Francesa. El Antiguo

Régimen, a la derecha. Pero las etiquetas han sido tan manidas y la promiscuidad de la izquierda con

la derecha tan intensa, que mejor volver a la metáfora más bella: abajo y arriba. El PSOE perdió su

oremus el día en que se quedó “arriba” en lugar de trabajar “abajo”. El día que dejó de ser de izquierdas.

Hoy se afana en volver a ese lugar, con su defensa del 90 por ciento, de las clases medias y

trabajadoras.

Segundo, que en España hay una cantidad inmensa de gente progresista, en el 4.5 de la escala

izquierda derecha, que ayer confió en el PSOE y en IU y que hoy se siente traicionada o desamparada.

Pero que probablemente no quieren la demolición del sistema, sino su reforma real y radical,

sobre todo en lo que tiene que ver con la limpieza. Por eso no se debe ahuyentar a los moderados

con la amenaza de salir a quemar conventos. Al contrario. Lo inteligente es alabar al papa Francisco

(como contraste con el papa Benedicto XVI, que ese sí es de “la casta”) y declararse muy respetuoso

con los creyentes, “la gente con la que mejor (se) entiende” Iglesias, según nos contó el domingo.

Tercero, que conviene mostrarse humano, dubitativo y humilde. Es una constante de la Humanidad

que hasta Dios se hace hombre o mujer para que la gente le entienda mejor. Por eso Iglesias

ahora se repeina para decirnos que “si no gano me voy”, o que “no estoy de acuerdo con muchas

cosas de Venezuela”, aunque hace poco declarara su profunda admiración por el régimen de Maduro.

Y cuarto, que conviene también no dejar de triangular, para lanzar anzuelos en el lado conservador

que toda sociedad y toda persona tiene. Por eso – atención -, Podemos podría incluso aumentar el

presupuesto militar “si es necesario para asegurar la independencia del país y los derechos sociales”,

afirma Iglesias.

El Podemos que estos días está en la peluquería entró con presencia de populismo originario, y se

propone salir como un producto más sofisticado, más moderado y más “socialdemócrata”. Y

puede hacerlo, sin duda. Un diputado socialista me decía el martes que sospechaba que la gente no

votaría por Podemos, por estar demasiado a la izquierda. Yo creo que se equivoca. Supongo que en

la Transición Felipe González parecería una opción demasiado radical a los señoritos del establishment

agrupados en UCD. Pero Felipe se convirtió en González, se quitó la chaqueta de pana, dimitió

para renunciar al marxismo y luego volver por la puerta grande, se sumó a la OTAN y hoy se sienta

en el Consejo de Administración de una energética del Ibex 35.

Podemos, además, tiene una enorme ventaja. Puede permitirse el lujo de diseñar sus propuestas

con total libertad. No tiene hipotecas, no tiene pasado, no tiene rémoras. En contraste con una de

las grandes empresas multinacionales, con sus costumbres, sus grandes y viciados equipos, sus accionistas

y sus clientes, a quienes tiene que rendir cuentas, Podemos se parece a una de esas pequeñas

y ágiles start-ups, sin clientes ni accionistas a quienes dar explicaciones. Hasta el punto de que

puede decirnos que no se presentará a las próximas elecciones porque no está preparado. Imaginemos

que el PSOE dijera eso mismo… Puede también abstenerse de opinar sobre el derecho a decidir

o la independencia de los catalanes, sobre la eutanasia o sobre la presión fiscal…

La semana que viene el CIS nos dirá una vez más que Podemos se asienta como opción política mayoritaria.

Los profesores de Políticas lo saben, y están construyendo su partido con sumo cuidado.

Llevándolo a la peluquería y peinándolo para que tenga el mejor aspecto posible. Los demás somos

“la casta”, pero ellos mientras tanto alquilan Vistalegre, el templo del PSOE, optan por un partido

organizado a la vieja usanza y no de manera asamblearia, guiñan el ojo a derecha e izquierda, y evitan

los asuntos más comprometidos. Y a la hora de elegir camisa, por qué no, una blanca remangada

es buena opción. Están en su derecho, por supuesto, pero los demás también lo tenemos para explicar

los trucos. Los trucos que hemos aprendido en los mismos manuales de magia.

 

 

(Luis Arroyo – “Infolibre” – 30 octubre 2014)