Las emociones decidirán el 26J

 

“Más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer”. Este refrán resume perfectamente la última oleada de encuestas electorales de este fin de semana de cara al ya inminente 26J. Todas las encuestas coinciden en lo fundamental: el PP ganaría las elecciones, sin mayoría absoluta, pero con un pequeño incremento sobre las elecciones del pasado diciembre. Al mismo tiempo, su candidato y presidente en funciones, es uno de los líderes nacionales peor valorados por los ciudadanos.

Que el PP sea el partido político con mayor intención de voto no debería cuadrar con la profunda insatisfacción de los electores con la corrupción política, en la que el PP está marcadamente señalado con una larga relación de militantes y dirigentes (eso sí, inmediatamente expulsados del partido) encausados en procesos judiciales que afectan a amplias instituciones de comunidades como Madrid, Baleares o Valencia, por poner sólo algunos ejemplos. Y hasta el mismísimo Gobierno central se ha visto salpicado por algún caso, como el que motivó la dimisión del exministro de Industria, Soria. Por no recordar que el propio PP a nivel nacional ha tenido que hacer frente a una fianza de 1,2 millones impuesta por el juez que instruye el caso de la “caja b” de la sede de Génova en Madrid. La sombra del extesorero Bárcenas es alargada y vengativa.

Si se analiza en profundidad la situación económica, la lectura sería muy similar. El PP no tiene muchos motivos para presentar una gestión positiva. Es cierto que hay menos paro, pero a costa de un abultado déficit, de una deuda pública disparada e insoportable, de mayor desigualdad social, de un expolio sistemático de la  caja de las pensiones  y de una abultadísima precariedad en el empleo. No es para echar cohetes, entre otros motivos porque los datos positivos, que los hay, de la economía se deben más a la gestión del Banco Central Europeo y de la Comisión Europea que a la del propio Gobierno central de Madrid.

¿Qué está pasando, entonces? Pues que funciona el voto del miedo. Según esas  mismas encuestas, la alternativa al gobierno del dontacredista Rajoy sería la coalición Podemos-IU, partidos que presentan una actitud y un programa electoral rupturista, incluida la consulta independentista en Cataluña. Y por ahí sí que no pasan miles y miles de electores, que, a la postre, prefieren ir a votar el próximo 26J con una pinza en la nariz y dar de nuevo su apoyo al PP. Es, en definitiva, la apuesta por un mal menor.

La otra alternativa, el PSOE, ha quedado desbordada por el devenir político de los últimos meses. EL PSOE llega a estas elecciones desfondado, con mucho miedo, timorato y con evidentes contradicciones internas. También, acosado por la corrupción, como sucede en Andalucía con los casos de los Eres y la imputación de dos expresidentes del gobierno andaluz, pero, con ser grave, ésa no es la cuestión. El problema es la falta de impulso y energía que está de mostrando el PSOE y su candidato en particular, Pedro Sánchez.

Además, la apuesta por la alianza con Ciudadanos de hace unos meses ha supuesto la derechizado del PSOE y, con ello, la entrega de la bandera de la izquierda a la coalición Podemos-IU. Puede parecer un análisis simplista, pero en unas elecciones generales como las del 26J las emociones van a ser más determinantes que los datos, las promesas y las actitudes. La razón y la lógica no bastan.

Y el control de las emociones está ahora mismo en manos del PP, por parte del centro derecha, y de Podemos-IU, desde la óptica de la izquierda. En medio, colgados de la brocha, quedan el PSOE y, claro, Ciudadanos.